Puede ser

Puede ser que la vida te de patadas. Que dejes de creer en la amistad, o en el amor verdadero. Que sientas la más profunda de las soledades. Puede ser que el mundo se torne en tu contra hasta decir basta, dolid@ porque nadie parece comprenderte. Puede que el mal domine tus horas, tus días, tu vida. Pero, debes saber, que tu risa también puede vencer al dolor. Que a veces la espera es necesaria, que el hundimiento es obligatorio para crecer como persona. Que, quizás, lo malo no dure más allá del hoy, y así mañana agradezcas mejor todos los regalos que te pueda ofrecer el tiempo.

Esta versión fue la cuarta que dio a la luz mi canal, allá por mediados de Febrero de 2016. Hace más o menos un año que esto empezó ¡y me veo tan joven aquí!. Han pasado muchas cosas desde entonces, desde aquella época en la que llevaba el canal a escondidas por culpa de esa estúpida sensación llamada vergüenza. Puede ser que la vida no me haya guiado hasta el Sol más brillante todavía, pero al menos ese mal ya no domina mis horas ;). Siento que he crecido mucho como persona, y en parte se lo debo al haber experimentado ese sufrimiento que me hizo cuestionarme la vida en cierto momento. Puede ser que hoy sintáis la más dolorosa de las penas, pero os aseguro que siempre, siempre hay un mañana.

 

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Mi historia

Hoy, me gustaría dedicarle este post a todos aquellos que han hecho posible que el número de suscriptores de mi canal llegue a las tres cifras. Nunca podré mostrar suficiente gratitud por aquellos que se han atrevido a escucharme, a darme una oportunidad a lo largo de estos meses. Gracias, de corazón. Porque con 2 minutos de vuestro tiempo, viendo cualquiera de mis vídeos, ya me hacéis feliz.

A los 7 años, yo, Carlos, Celemé, ya tenía un sueño; una ilusión que nunca pude perseguir, unas aspiraciones que siempre pensé que se me quedaban grandes. Yo tan solo quería poder vivir de entonar notas con la voz, pero al destino no le hizo gracia mi idea. Nunca conocí a nadie perteneciente al mundo de la música, y mis padres no estaban dispuestos a permitir que me adentrara en él. Ellos estaban más preocupados en que hiciera amigos, en que creciera como el chico normal que ellos habían estereotipado. Ellos sabían, o pensaban, que el trabajo al que estaba destinado era mucho más común que aquel que yo siempre había querido. Los años pasaron, y yo seguía creciendo como alguien tímido, reprimido por las restricciones del destino.

Pero solo hay un fuego que nunca se apaga: el del alma. Y por eso nunca dejé de pensar en el futuro con el que siempre había deseado. Hace poco más de dos años, intentando aparentar que era un capricho para pasar el tiempo, me compré una guitarra. Pero lo que nadie sabía es que el niño que había en mi aún no había dejado de soñar. E intenté, como pude, aprender por mi cuenta a tocar el instrumento que más tarde me serviría como excusa para perseguir algo que creía muerto hace mucho tiempo. No lo perfeccioné, pues para mí cantar siempre fue más importante, pero tenerlo es probablemente una de las mejores decisiones de mi vida. Porque respaldándome en una guitarra, siento que puedo despejar todas las inseguridades que me hayan podido surgir a lo largo de mi vida.

Y así, tras meditar y meditar, a los 20 años decidí que, quizás, era el momento de empezar a revivir lo que nunca mereció haberse ido de mi vida. Y, por mucho que digan, comenten o insinúen, siento que por fin ha vuelto un poco la felicidad.